jueves, 13 de junio de 2013

Un café para Marianne

Imagen: Michael Mullan
A Marianne Quiroz,
Mi amiga de kinder


El café es una excusa. Pudo haber sido té, pero fue café. Era café con leche, en pocillos de peltre, lo que nos daba Mamapia en las tardecitas. Y era pancito dulce, de tunja, cachito o piñita, lo que remojábamos en el amable líquido y devorábamos con impaciencia. Éramos niños y fuimos felices. Así que ahora, quinientos años después, cuando yo digo café, digo pan, digo familia, digo amor. Y si la felicidad dura hasta que nos tomemos el café –porque después vuelve la vida– que así sea pues. Si pudiera desaparecer el espacio, que para nosotras nunca fue distancia… Antes del café, iríamos al parque, tú seguramente correrías hacia los juegos, mi miedo me haría quedarme atrás y pensarlo dos veces, miraría con admiración tu espíritu y tu cabellera e iría a sentarme al borde de la cancha; buscaría una piedra grande y fuerte, como tú, y comenzaría a machacar, cual ceremonia religiosa, el puñado de piedrecitas que cupieran en mi mano, más pequeña antes, todavía. Tú me mirarías de lejos, y después de saltar y brincar por todos los juegos, te acercarías sin palabras, a acompañarme en el ritual de hacer polvo las piedrecitas. Nos quedaría el recuerdo para meditaciones futuras, y el lazo para refutar la casualidad. El silencio nos unió primero, después el sentimiento y luego las palabras. ¡Quién sabe desde cuándo el compromiso! Pero el encuentro fue una bendición. En el salón de clases, tu puesto detrás del mío, mi espalda ocultándome los ojos y aún así sospechabas un dolor. Tus notas en verso, al final del cuaderno, eran gotitas balsámicas para mis oscuras premoniciones. Después el tiempo, la vida… y nosotras saltándonos las distancias. Nos llamamos con el pensamiento, como aprendimos una vez, en otro mundo, cuando estuvimos en peligro de perdernos; y así seguimos hablándonos. Todavía nos sorprenden las coincidencias. Y la imposibilidad del maquillaje natural, después de haber vivido los 80’s. Los resultados sorprendentes del botox en el entrecejo. La dificultad de vestir, con elegancia, un cuerpo maduro con alma de niña. Los hijos, los hombres, la familia, el trabajo, la vida. Risa y risa. Las lágrimas levemente asomadas en las esquinas de los ojos… ¡al exilio!… ya hemos pasado algún purgatorio. ¿Mocca, latte, o con leche, bien clarito? Para mí un marrón fuerte, por favor.

1 comentario:

Unknown dijo...

Amiga de kinder :voy a leerlo mil veces para que me acompañe y saboreé cada palabra así como los cafés que hemos disfrutado, hablado y compartido, qué alegría leer tantos detalles, no se escaparon y pude transportarme de inmediato, gracias ami por este hermoso regalo, valioso y perdurable para siempre, TQM