lunes, 3 de junio de 2013

Pura Intemperie

Foto: Stephen Arens
El tañido de unas campanas, hace eco en la pared de enfrente, yo sonrío por el beso inesperado. Encuentro íntimo que me envuelve en palpitaciones. Un aire cargado de la pureza de lo primitivo. El aire que trae el recuerdo de la primera vez que fuimos en esta tierra, y estábamos limpios y felices. Sentir el cuerpo desnudo, vestido por el sol, la lluvia, un arcoiris, un frondoso árbol, o cualquier pedazo de cielo. La intemperie como forma de vida. Sabíamos quien era quien, no porque tuviéramos distintos nombres, o distintos cuerpos, sino porque escuchábamos, claramente, la música única de cada corazón. No se escuchan los pasos de pies descalzos, pero nuestra madre reconocía cada huella del camino. ¡Tuvimos tanto! Ahora nos queda el silencio, horadando cada coyuntura, como amnesia autoinducida, como alcohol matando neuronas que hospedan recuerdos dolorosos de una felicidad perdida. A cada quien le llega el día, no porque yo lo diga, pero llegará. Tenemos hasta la última posibilidad, manos, pies y corazón. Verse a los ojos, es de valientes; también lo es, pedir perdón, y hacerlo, mucho más. Demostrar que la vida es uno, y está en todos. Desvestir el cuerpo, del peso que nos jala con fuerza hacia abajo. Decir -¡No!-, bien fuerte, en todos los idiomas, y por última vez. Hacer el perdón para mirarnos desnudos, y de frente.

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