martes, 18 de junio de 2013

Externo

Imagen de la Web
La noche exige el reposo. El ruido debería ser ilegal. Hay un leve e impreciso límite, en el que, el sonido, ya no es música. Siniestros gritos pueblan la oscuridad desde veteranas gargantas de hombres-lobos, que parecieran padecer igual hambre que el pueblo, hombre-común. Sirenas pululan, no en el mar encantado, sino en callejones desolados donde, lloronas desalmadas, vagan clamando, quizás, por una nueva ley de adopción. Sobrevuelan ideas que se quedan atascadas en la malla de la ventana, como mosquitos. Y yo pensando en un agujero negro, que se devore la hostilidad. Doy vueltas buscándome la cola, en un ejercicio inútil de concentración, para expandir la paz del silencio, y me consumo, irremediablemente, como varita de incienso.  Queda tapizado el olor del cansancio, en las sordas paredes del cuadrado cuarto. Y la imaginación, derretida en mi piel, para otra ocasión. La lucha contra lo externo viene en ritmo de rock & roll.

jueves, 13 de junio de 2013

Un café para Marianne

Imagen: Michael Mullan
A Marianne Quiroz,
Mi amiga de kinder


El café es una excusa. Pudo haber sido té, pero fue café. Era café con leche, en pocillos de peltre, lo que nos daba Mamapia en las tardecitas. Y era pancito dulce, de tunja, cachito o piñita, lo que remojábamos en el amable líquido y devorábamos con impaciencia. Éramos niños y fuimos felices. Así que ahora, quinientos años después, cuando yo digo café, digo pan, digo familia, digo amor. Y si la felicidad dura hasta que nos tomemos el café –porque después vuelve la vida– que así sea pues. Si pudiera desaparecer el espacio, que para nosotras nunca fue distancia… Antes del café, iríamos al parque, tú seguramente correrías hacia los juegos, mi miedo me haría quedarme atrás y pensarlo dos veces, miraría con admiración tu espíritu y tu cabellera e iría a sentarme al borde de la cancha; buscaría una piedra grande y fuerte, como tú, y comenzaría a machacar, cual ceremonia religiosa, el puñado de piedrecitas que cupieran en mi mano, más pequeña antes, todavía. Tú me mirarías de lejos, y después de saltar y brincar por todos los juegos, te acercarías sin palabras, a acompañarme en el ritual de hacer polvo las piedrecitas. Nos quedaría el recuerdo para meditaciones futuras, y el lazo para refutar la casualidad. El silencio nos unió primero, después el sentimiento y luego las palabras. ¡Quién sabe desde cuándo el compromiso! Pero el encuentro fue una bendición. En el salón de clases, tu puesto detrás del mío, mi espalda ocultándome los ojos y aún así sospechabas un dolor. Tus notas en verso, al final del cuaderno, eran gotitas balsámicas para mis oscuras premoniciones. Después el tiempo, la vida… y nosotras saltándonos las distancias. Nos llamamos con el pensamiento, como aprendimos una vez, en otro mundo, cuando estuvimos en peligro de perdernos; y así seguimos hablándonos. Todavía nos sorprenden las coincidencias. Y la imposibilidad del maquillaje natural, después de haber vivido los 80’s. Los resultados sorprendentes del botox en el entrecejo. La dificultad de vestir, con elegancia, un cuerpo maduro con alma de niña. Los hijos, los hombres, la familia, el trabajo, la vida. Risa y risa. Las lágrimas levemente asomadas en las esquinas de los ojos… ¡al exilio!… ya hemos pasado algún purgatorio. ¿Mocca, latte, o con leche, bien clarito? Para mí un marrón fuerte, por favor.

lunes, 10 de junio de 2013

Testigo

(Peter O'toole)

Esta casa deshabitada a estas horas tranquilas, es un hecho que acontece como un destino unánime. No sé donde me voy al final de la tarde; pero dejo mi cuerpo de testigo.

lunes, 3 de junio de 2013

Pura Intemperie

Foto: Stephen Arens
El tañido de unas campanas, hace eco en la pared de enfrente, yo sonrío por el beso inesperado. Encuentro íntimo que me envuelve en palpitaciones. Un aire cargado de la pureza de lo primitivo. El aire que trae el recuerdo de la primera vez que fuimos en esta tierra, y estábamos limpios y felices. Sentir el cuerpo desnudo, vestido por el sol, la lluvia, un arcoiris, un frondoso árbol, o cualquier pedazo de cielo. La intemperie como forma de vida. Sabíamos quien era quien, no porque tuviéramos distintos nombres, o distintos cuerpos, sino porque escuchábamos, claramente, la música única de cada corazón. No se escuchan los pasos de pies descalzos, pero nuestra madre reconocía cada huella del camino. ¡Tuvimos tanto! Ahora nos queda el silencio, horadando cada coyuntura, como amnesia autoinducida, como alcohol matando neuronas que hospedan recuerdos dolorosos de una felicidad perdida. A cada quien le llega el día, no porque yo lo diga, pero llegará. Tenemos hasta la última posibilidad, manos, pies y corazón. Verse a los ojos, es de valientes; también lo es, pedir perdón, y hacerlo, mucho más. Demostrar que la vida es uno, y está en todos. Desvestir el cuerpo, del peso que nos jala con fuerza hacia abajo. Decir -¡No!-, bien fuerte, en todos los idiomas, y por última vez. Hacer el perdón para mirarnos desnudos, y de frente.